Leal a mis enemigos Opinion de Jaime Bayly

Tomado de Diario las Americas

La primera vez que me sent√© en un estudio de televisi√≥n y me puse a hablar frente a una c√°mara encendida, ya ten√≠a dieciocho a√Īos y era mayor de edad




Yo he sido siempre un periodista de opini√≥n. Cuando todav√≠a era menor de edad, con apenas diecisiete a√Īos, el diario “La Prensa” de Lima me dio una columna, “Banderillas”, que se publicaba diariamente, y en la que clavaba o plantaba, como pullas ardientes, sobre el lomo de los mansos o ch√ļcaros pol√≠ticos, mis opiniones insolentes, atrabiliarias. Es decir que, aun antes de aparecer en la televisi√≥n, era ya un periodista que opinaba, que atacaba, que tomaba partido desde su trinchera de tiratiros. No he sido nunca, no podr√≠a serlo, no est√° en mi dotaci√≥n gen√©tica, un periodista neutral, objetivo, imparcial.

La primera vez que me sent√© en un estudio de televisi√≥n y me puse a hablar frente a una c√°mara encendida, ya ten√≠a dieciocho a√Īos y era mayor de edad. El due√Īo de un canal de televisi√≥n, que le√≠a mi columna “Banderillas”, me cit√≥ a su despacho y me dijo:
-Quiero que hagas en mi canal lo mismo que haces en tu columna de “La Prensa”.
No dud√© en aceptar su temeraria invitaci√≥n. Ese d√≠a hab√≠a elecciones nacionales para elegir alcaldes. En Lima gan√≥, muy a mi pesar, un se√Īor de izquierdas. Integr√© un panel o una mesa de comentaristas j√≥venes, siendo yo el m√°s joven. √Čramos cuatro: a uno, el mejor de todos, lo mat√≥ el terrorismo en la puerta de su casa de campo; el otro lleg√≥ a ser canciller y fue tomado de reh√©n por los terroristas y por fortuna salv√≥ la vida; y el tercero se convirti√≥ en esp√≠a y asesor en la sombra de presidentes. Yo era, desde luego, el menos dotado del panel, y quiz√°s, por eso mismo, el m√°s hablant√≠n, el m√°s resabido y coqueto. Debido a mis gracias verbales y mis coqueter√≠as pizpiretas, me gan√© un puesto en la parrilla period√≠stica de ese canal. Pas√© la prueba: el due√Īo del canal se convirti√≥ en mi padrino y protector.
Meses m√°s tarde, con apenas diecinueve a√Īos, me hab√≠a convertido en una estrellita de la televisi√≥n. Presentaba un programa diario, por la noche, despu√©s del noticiero, en el que entrevistaba a pol√≠ticos y gente aun peor. Me hice famoso. Ganaba un buen sueldo en d√≥lares. Ninguno de mis compa√Īeros de universidad era tan rico y famoso como yo. Empec√© a darme cuenta de que mi destino no era ser abogado, pues todas las se√Īales me indicaban que mi camino era el periodismo, y el de la televisi√≥n, que, desde luego, era el que mejor pagaba, y el que, en apariencia, yo hac√≠a tan bien, como si hubiera nacido para eso. Reci√©n cumplidos veinte a√Īos, decid√≠, con la insolencia propia de la juventud, de los muchachos que se creen inmortales, usar todo mi capital period√≠stico, eso que llaman “credibilidad”, para tratar de impedir que un pol√≠tico joven, brillante, carism√°tico, de izquierdas, llegase a la presidencia. Me bat√≠ con √©l en una esgrima verbal de la que sal√≠ bastante lastimado. Le pregunt√© por su salud mental, suger√≠ que estaba medio loquillo, que le hab√≠an hecho una “cura del sue√Īo”, puse en entredicho su ecuanimidad y sano juicio para dirigir el pa√≠s. En ese gran momento de mi carrera, que no pocos recuerdan, fui, desde luego, un periodista de opini√≥n: detr√°s de mis preguntas impertinentes, se agazapaba, n√≠tida, la convicci√≥n de que ese pol√≠tico de apenas treinta y cinco a√Īos carec√≠a del aplomo, la lucidez y el equilibrio para gobernar el pa√≠s. Aquella operaci√≥n tard√≠a por mi parte result√≥, por supuesto, in√ļtil. El pol√≠tico joven, gran seductor, fascinante candidato, se alz√≥ con el triunfo y me sum√≥ a su lista de enemigos. En consecuencia, fui despedido del canal y tuve que irme a trabajar al extranjero, a Santo Domingo, los pr√≥ximos cinco a√Īos, donde present√© un programa de pol√≠tica internacional, que se vio en varios pa√≠ses de la regi√≥n.
Regres√© a Lima en los estertores del gobierno de mi adversario, que hab√≠a hundido al pa√≠s en el caos, la violencia y la miseria. Un grupo de empresarios, alarmado porque la naci√≥n se deshac√≠a y el terrorismo se hallaba a las puertas de capturar el poder, alquil√≥ por un a√Īo un canal de televisi√≥n, decidi√≥ apoyar resueltamente la candidatura presidencial de un laureado y talentos√≠simo escritor, me fich√≥ sin dilaciones, me dio un programa diario, todas las noches, y me pidi√≥ que hiciera mi mejor esfuerzo para colaborar a que el escritor, nuestro candidato, la esperanza para salvar al pa√≠s, prevaleciera, ganase. No dud√© en abocarme con sincera pasi√≥n a la tarea. Durante cinco meses consecutivos, de enero a junio, defend√≠ a capa y espada al escritor y ataqu√© sin compasi√≥n a su rival m√°s peligroso, un ingeniero descendiente de japoneses. Era, de nuevo, y no trataba de encubrirlo o camuflarlo, un periodista de opini√≥n. Me pagaban, y bien, muy bien, para dar mi opini√≥n a favor de un candidato y en contra de otro, de otros. Pero, por supuesto, si no me hubiesen contratado, yo habr√≠a apoyado de todos modos al escritor. Al final, la historia es bien sabida, el escritor perdi√≥, y quienes le apoyamos sin vacilaciones y con entusiasmo, perdimos con √©l. La prensa de izquierdas, encantada con la derrota del escritor, encandilada con el ingeniero demagogo, me llam√≥ mercenario, sicario, vendido, palabrejas que volver√≠an a enrostrarme muchas otras veces, a lo largo de mi carrera period√≠stica.
Renunci√© al programa de televisi√≥n y me fui del pa√≠s al d√≠a siguiente de que el ingeniero de origen japon√©s diera un golpe de Estado. Me negu√© a vivir en una dictadura, a pagarle mis impuestos a una dictadura, a trabajar en una televisi√≥n amordazada, cuyos due√Īos simpatizaban con esa dictadura. Hice una carrera, por suerte exitosa, en la televisi√≥n de los Estados Unidos, donde, tantos a√Īos despu√©s, persisto en la andadura de opinar pol√≠ticamente todas las noches, desde la televisi√≥n. En el tramo final de la dictadura del ingeniero japon√©s, conden√© p√ļblicamente su reelecci√≥n fraudulenta y apoy√© a un pol√≠tico de origen andino, educado en universidades de San Francisco y Harvard, que hab√≠a combatido con gallard√≠a a ese gobierno autocr√°tico. Mis simpat√≠as por aquel pol√≠tico se desvanecieron, y trocaron en abierta hostilidad, cuando descubr√≠ que negaba a su propia hija biol√≥gica. Desde entonces lo tuve como un canalla, un embustero y un rufi√°n, y el destino, por desdicha, confirm√≥ mis peores previsiones, y cuando ese pol√≠tico lleg√≥ al poder un a√Īo m√°s tarde, yo era uno de sus m√°s sa√Īudos enemigos, debido a lo cual sus matones me agredieron un par de veces, saliendo de votar. El tiempo demostr√≥ que ese pol√≠tico era un mentiroso y un ladr√≥n, y ahora huye de la justicia. Con perd√≥n por la inmodestia, yo me di cuenta de todo eso antes de que el hombrecillo ganase las elecciones, y trat√© de impedir que triunfase, apoyando a una candidata de derechas en la primera vuelta, y al rom√°ntico voto en blanco en la segunda vuelta, de modo que no me dej√© enga√Īar por ese sujeto patibulario.
A la candidata de derechas, religiosa, soltera, homof√≥bica, conservadora, no precisamente liberal ni moderna, la apoy√© una y hasta dos veces en elecciones presidenciales, desde mis tribunas period√≠sticas, ejercit√°ndome de nuevo como periodista de opini√≥n, y no fue tan f√°cil hacer campa√Īa por ella, pedir el voto por ella, porque yo era y sigo siendo un liberal casi libertino, y ella era y sigue siendo religiosa y conservadora en grado sumo, pero aun as√≠ la apoy√© desde mis programas en dos grandes batallas, y perd√≠ con ella ambas contiendas, pues nunca consigui√≥ pasar a la segunda vuelta. A√Īos m√°s tarde, quise ser candidato presidencial de su partido de derechas religiosas, y ella se opuso comprensiblemente, y yo, rencoroso, humano a fin de cuentas, di por terminada mi alianza con ella y la sum√© a mi lista de enemigos irreconciliables, mil disculpas, se√Īora, pero no s√© perdonar.
Lo √ļltimo o pen√ļltimo que hice como periodista de opini√≥n en mi pa√≠s de origen, desde la televisi√≥n, fue apoyar la candidatura presidencial de la hija del ex dictador, pero, sobre todo, combatir frontal y apasionadamente al candidato chavista, militarista, nacionalista, financiado por la dictadura de Caracas y el gobierno populista de Brasilia, sus grandes padrinos. Tal como hab√≠a ocurrido hac√≠a d√©cadas, cuando me llamaron de un canal de Lima a pedirme que volviera al Per√ļ para hacer campa√Īa por el escritor de derechas, los due√Īos y gerentes de ese mismo canal me llamaron, muy preocupados, a mi casa en los Estados Unidos y me pidieron que hiciera mi mejor esfuerzo, mi m√°s esclarecida contribuci√≥n, para que el candidato chavista, militar retirado de pocas luces, que hab√≠a pasado a la segunda vuelta, perdiera en la ronda final y no llegara al poder. Antes de la primera vuelta, desde el exilio, yo hab√≠a escrito columnas period√≠sticas apoyando a la hija del ex dictador, de modo que fue consecuente y natural que continuara apoy√°ndola en la segunda vuelta. El canal de televisi√≥n me pag√≥ el salario razonable de un conductor de programas de √©xito, ni m√°s ni menos. Firm√© un contrato con ellos, all√≠ est√°n los papeles, y s√≥lo pude hacer cinco programas, dando argumentos y razones, y tambi√©n temores fundados en dichas razones, para que los peruanos se evitaran el gobierno del mediocre candidato chavista, que ahora est√° preso por ladr√≥n. Una vez m√°s, mis opiniones pol√≠ticas sirvieron de poco y nada. El candidato chavista gan√≥, la candidata de derechas perdi√≥, el canal me despidi√≥ sin contemplaciones para amigarse a toda prisa y sin rubores con el chavista victorioso, y la prensa de izquierdas volvi√≥ a llamarme, c√≥mo pod√≠a sorprenderme, mercenario, sicario, vendido: yo s√≥lo hice lo que vengo haciendo desde que ten√≠a dieciocho a√Īos, es decir, salir en la televisi√≥n para dar mis opiniones pol√≠ticas, y apoyar a unos y atacar a otro, a otros, y como por lo visto no lo hago tan mal, y consigo capturar a una m√≠nima audiencia, es perfectamente sensato que me paguen por esos servicios period√≠sticos a favor de quien me d√© la gana de apoyar y en contra de mis enemigos naturales (y el chavismo descarado o enmascarado ha sido siempre mi enemigo natural, en el Per√ļ y en todas partes).
En la √ļltima elecci√≥n presidencial peruana, hace dos a√Īos, volv√≠ a apoyar a la hija del ex dictador. La he apoyado ya dos veces, lo que tampoco me convierte en fan√°tico de ella, ni en su amigo o adalid o apandillado, ni en su lugarteniente ni espadach√≠n, del mismo modo que apoy√© dos veces a la candidata de derechas religiosa, conservadora, y no por eso me convert√≠ en socio o militante de su partido, ni en fan√°tico a ultranza de ella, como el tiempo se encarg√≥ de demostrar. Soy, sigo siendo, lo ser√© hasta el final, un periodista independiente de opini√≥n, alguien que sale en la televisi√≥n a decir lo que piensa, sin consultarlo previamente con los due√Īos ni los jefazos, que muchas veces se llevan disgustos por ello. Soy de derechas, por supuesto, pero de derechas liberales, laicas, capitalistas, democr√°ticas, no de derechas trasnochadas, religiosas, intolerantes, homof√≥bicas, pistoleras. Soy de derechas, s√≠, pero estoy a favor de los homosexuales, de las drogas libres, de la eliminaci√≥n de los ej√©rcitos, del Estado laico, no confesional, entre muchas otras cosas. Y, mientras siga ejerciendo el periodismo, espero que por algunos a√Īos m√°s, no me abstendr√© de decir a qui√©n le creo y a qui√©n no le creo; qui√©n me cae bien y qui√©n me cae fatal; por qui√©n votar√© y por qui√©nes no votar√©; qui√©nes son mis aliados y qui√©nes mis adversarios; y que me paguen por ser un periodista de opini√≥n es s√≥lo la consecuencia natural de que mis opiniones √°cidas, irreverentes, descomedidas, esas banderillas de fuego plantadas en el lomo de tantos pol√≠ticos impresentables, consigan interesar a la audiencia, que me ve o me lee para saber no tanto a qui√©n apoyo, sino sobre todo a qui√©n detesto sin medias tintas ni ambig√ľedades. Que despu√©s me llamen mercenario, sicario, vendido, y precisamente quienes recib√≠an dineros desde Caracas y Brasilia, me tiene, la verdad, sin cuidado. Soy leal a mis amigos pol√≠ticos, pero m√°s leal a mis enemigos.

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